Orar es ser ante Dios. La oración consiste, sobre todo, en acoger una Presencia, disponernos a un encuentro, abrir la mente y el corazón, dejarse hacer por el misterio de Dios sin dejarnos influir solamente por nuestros sentimientos.
[Proyecto Marco de Pastoral con Jóvenes, 139]
Con el amigo hablamos, compartimos las cosas más secretas. Con Jesús también conversamos. La oración es un desafío y una aventura. ¡Y qué aventura! Permite que lo conozcamos cada vez mejor, entremos en su espesura y crezcamos en una unión siempre más fuerte. La oración nos permite contarle todo lo que nos pasa y quedarnos confiados en sus brazos, y al mismo tiempo nos regala instantes de preciosa intimidad y afecto, donde Jesús derrama en nosotros su propia vida.
[Cf. ChV 155]
[…] junto a la mansedumbre, la alegría, la parresía y la vida en comunidad, está la oración constante, una profunda espiritualidad que se distingue por la vida de oración intensa, que se alimenta fundamentalmente de la Palabra de Dios y de los sacramentos, en particular de la Eucaristía y de la confesión frecuente, y de la adoración y la alabanza ante Jesús Sacramentado.
[Cf. D. José Ángel Saiz Meneses, ‘No tengáis miedo’, p. 45.]
«en diversos contextos los jóvenes católicos piden propuestas de oración y momentos sacramentales que incluyan su vida cotidiana en una liturgia fresca, auténtica y alegre». Es importante aprovechar los momentos más fuertes del año litúrgico.
[Cf. ChV 224]
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